Porsche - La máquina del tiempo
La máquina del tiempo
 

La máquina del tiempo

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El guitarrista Dale Miller en los años 70, con veintitantos años

Vietnam, guitarras, amor y cáncer: una insólita y triste historia llegada de Estados Unidos a bordo de un Porsche.

En la fría inmensidad del océano, en algún remoto lugar entre los continentes, flota un puntito verde. Se trata de un coche antiguo, de los años 70, que viaja dentro de un contenedor rectangular sobre la cubierta de un carguero que surca el océano en plena noche. Es un clásico, un Porsche 911 SC con algún que otro arañazo. Lo introdujeron en el receptáculo en Los Ángeles. Entonces el barco zarpó rumbo al sur, franqueó el Canal de Panamá, y ahora se encuentra en medio del Atlántico. Pero dentro de unas semanas el 911 estará en mi garaje.

Ese es su destino. Pero en ese momento, mientras el puntito verde aún está atravesando el océano, yo aún no lo sé. No sé que un Porsche antiguo desembarcará en Róterdam y que consigo traerá, impregnados en su desgastada pintura y su cuero ajado, tantos años de historia norteamericana, de cálida música californiana, de reminiscencias de una guerra en Vietnam, riffs de guitarra y días pretéritos en la Casa Blanca. En ese momento aún no sé que ese puntito verde pronto estará conmigo. Pero unas semanas después, aquí está.

Y, cuando el automóvil ya está abajo, en mi garaje, arriba en el salón yo veo en Youtube a un hombre que se está muriendo. Un hombre de casi 70 años, cantando las que serán sus últimas canciones, punteando las cuerdas de su guitarra casi por última vez. Y ¿qué mejor canción cuando ya acecha la pálida dama que It’s All Over Now, Baby Blue de Bob Dylan? Se le ve tan frágil y delicado, muy débil ya, y sin embargo está lleno de melodías y una vibrante melancolía. Es un guitarrista de Berkeley, California, y lleva ya un par de semanas muerto cuando yo veo sus últimas imágenes en Youtube. Pero eso tampoco lo sé en ese momento. Al final, su vida, o mejor dicho, su coche, como si de una máquina del tiempo se tratara, me explicará varias décadas de la historia estadounidense.

Se llama Dale Miller. He encontrado su nombre en los papeles antiguos del Porsche. Un cáncer linfático ha puesto punto final a su vida, así que ya no hay nada que hacer: jamás podré conocerle. Sin embargo, en mi garaje de Múnich está ahora aparcado ese viejo coche que cuenta su historia. Y al otro lado del mundo, en una bella casa de la ladera de Berkeley, vive su viuda, la abogada Terry Helbush. Se trata de una casa antigua que sigue albergando las guitarras de Dale, con un garaje donde siguen estando los botes de aceite del Porsche de segunda mano que Dale adquirió en los años 90, cuando ya sabía que, a ciertas alturas de la vida, uno puede darse ciertos caprichos.

Y más unos caprichos de ese color verde. Porsche lo denominó «verde oliva», pero Dale prefería referirse a él como «aguacate», un símil que encajaba mejor con su visión californiana del mundo, esa visión por la que tanto había luchado y que había logrado hacer suya a base de guitarras, música y una rebelión pacífica. Y es que su padre procedía de otro Estados Unidos, un Estados Unidos verde oliva: el verde oliva de los uniformes. Dale padre fue asesor del presidente Lyndon B. Johnson, que a principios de los 60 había heredado de Kennedy el problema de Vietnam y que finalmente terminó dirigiendo aquella guerra interminable en torno a Hanói y Saigón desde la Casa Blanca.

Pero ¿cómo podría haber sabido yo todo eso la primera vez que vi el deportivo verde en aquel negocio de venta de coches clásicos de Baviera, en algún lugar entre Múnich y Augsburgo? ¿Cómo podría haberlo sabido nadie? Ni siquiera Matthias Pinske, el prudente pero afable vendedor de coches que lo había traído de Estados Unidos. Tampoco él conocía la historia del automóvil. Sin embargo, su olfato le decía que un Porsche de color verde aguacate procedente de California no podía ser un coche más. Pinske no es precisamente de aquellas personas que creen en el alma de las cosas, pero sabe que los coches antiguos a veces tienen su aquel. Así que decidió anunciar el Porsche así: «Un clásico 911 distinto». Y así era, aunque en aquel momento nadie lo pudiera demostrar aún.

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Cuando Dale Miller compró el Porsche 911 SC verde en 1998 el nueveonce ya tenía 21 años

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Lyndon B. Johnson con hijos de sus colaboradores cuando aún era senador. Dale Miller es el primero de la izquierda

Meses después, cuando ya hacía un tiempo que Dale había muerto, Terry, su mujer, relataría el viaje que hicieron al desierto mexicano, a los cañones y los páramos de arena, con Dale al volante del Porsche, millas y millas de carretera. Y cómo al final del trayecto los mexicanos rodearon el coche verde exclamando: «¡Alemania, Alemania!». Y contaría cómo al anochecer Dale sacó su guitarra y tocó para ella, su mujer, y cómo ella se puso a bailar en lo alto de una colina con la última luz del día. Pero todo eso ocurriría más adelante, por el momento no había más que un Porsche antiguo en mi garaje, un deportivo bastante estable que había adquirido por el precio de un Golf usado, esto es, como todos los coches de mi vida: más bien antiguos, entre otras razones tal vez también porque en su interior uno se siente como teletransportado a épocas pasadas. Creo que a Dale no hubiera tenido que explicárselo. Como tampoco hubiera tenido que explicarle que algunas cosas, aunque sólo sean coches, llevan consigo para siempre instantes fugaces acumulados durante décadas.

Aquella noche en que vi a Dale Miller cantar las que serían sus últimas canciones en un vídeo de Youtube, con sus dedos acariciando con delicadeza las cuerdas de la guitarra, de pronto entendí por qué el Porsche tenía instalado un equipo de sonido de tan buena calidad, con altavoces Blaupunkt: resulta que había comprado el coche de un guitarrista, de un fingerpicker que llevaba grabando LP y CD desde los años 70. A veces, cuando volvía del estudio camino a su casa de Berkeley, escuchaba en el coche, su Porsche, las canciones que acababa de grabar. El motor del 911 no hacía mucho ruido, ronroneaba con elegancia y sin ahogar el sonido de las guitarras, algo importante para Dale. Unas horas más tarde, muy tarde ya, con un par de clics compré por internet dos CD de Dale Miller con unos títulos de lo más sugerentes: Fingerpicking Rags & Other Delights y Time Goes By. Sugerentes y melancólicos.

Quería llevar en la guantera del Porsche la música de Dale, escuchar sus canciones en otoño mientras conducía por las carreteras de Baviera. Aquella noche leí todo sobre él –al menos todo lo que fueron capaces de encontrar los buscadores– hasta altas horas de la madrugada. Encontré su blog, donde había plasmado por escrito, en forma de pensamientos e historias, los meses que convivió con la enfermedad y su lucha contra el cáncer. Fue anotando su travesía hacia la muerte con un tono poético y divertido. Quizá escribía así porque creía que los médicos podrían salvarle. También le dedicaba algunas líneas al Porsche, lo quería vender porque estaba demasiado débil para dominar el embrague en los atascos sobre el Puente de la Bahía, entre San Francisco y Berkeley, donde todo el mundo se agolpaba de vuelta a casa hacia el ocaso.

Dale quería vivir, pero se fue muy rápido. Cinco meses después de que le fuera diagnosticado el cáncer, el blog se detiene, su vida se detiene. Después ya sólo encontré un obituario inteligente y cariñoso escrito por otro guitarrista, un músico llamado Teja Gerken. En las últimas líneas menciona el Porsche verde. A Dale le hubiera gustado.

Una tarde de principios de otoño introduzco un CD en el equipo del Porsche. Cae el sol mientras ruedo en cuarta por una carretera nacional al norte de Múnich. Y, para redondearlo, por los altavoces: Dale Miller tocando All My Loving. Su interpretación del tema de los Beatles es tan diáfana que se podría levitar incluso con el coche parado. Pongo una marcha más corta y tomo suavemente la curva de una avenida. Es bonito, pero también triste. Y es que esta noche, a 10.000 kilómetros de distancia hacia el oeste, el nombre de Dale Miller vuelve a brillar en una sala de conciertos. Es la noche de su tributo en Berkeley. Hay muchos músicos sobre el escenario y lleno total de espectadores. Terry Helbush, su mujer, casi no puede creerlo. Ha perdido a Dale, pero de alguna manera él sigue estando ahí con su música y su vida.

«Las últimas semanas continuó yendo a la clínica en el Porsche», cuenta su mujer, «y tocando la guitarra». Ahora está sentada en su jardín de Berkeley, relatando cómo se dirigieron al sur por la llamada Highway 1, de San Francisco a Los Ángeles, en el bólido verde, ese coche cuyo color a Terry siempre le había recordado las cocinas de los años 70. Le gustaba. A su espalda hay un limonero, y desde el interior de la casa emana la voz de Neil Young, eterna: «Keep on rockin’ in the free world!». Las canciones que suenan son las que tenía Dale en el iPod, Terry las reproduce en modo aleatorio. Hay muchas de Dylan, de The Band, también de los Dire Straits. Al fondo del jardín, un viejo garaje cobija un pequeño Porsche nuevo. Es un Cayman negro que Terry utiliza casi todos los días. También le hubiera gustado a Dale.

El correo que le envié a Terry Helbush desde Múnich la noche después del homenaje, después del paseo en coche, me salió algo sentimental. Terry lo leyó en la sala de espera del médico y no pudo evitar que un par de lágrimas rodaran por sus mejillas. Aún así me respondió, me dijo que tenía que ir pronto a Berkeley, que quería contar la historia de Dale. Y la suya.

Nueve meses después de la muerte de Dale aterricé en un avión de Lufthansa en San Francisco. Alquilé un coche en el aeropuerto, un BMW blanco flamante, pero de la vieja escuela. En la autopista me adelantaron dos sedanes marca Tesla, puramente eléctricos, puramente americanos. Dos juguetes para la carretera. Allí sigue siendo importante el toque lúdico, esa es la razón por la que Porsche vendió tantos 911 en California en los 70. En el correo, Terry Helbush me había explicado con todo detalle cómo llegar a Berkeley, también me había sugerido dónde podía aparcar el vehículo. Y, al llegar, me abrió la puerta una mujer encantadora. Era perfecta para él, no me cabe la menor duda.

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Un amor para toda la vida: Dale Miller con su mujer, Terry Helbush, en el año 1999

«Dale odiaba Washington», me confesó. Sus padres, miembros de una familia de rancio abolengo de Texas, habían emigrado de jóvenes a la capital para trabajar para el demócrata Lyndon B. Johnson. Existen imágenes donde se ve a Dale de niño en Washington junto a Johnson. El político tiene una mirada amable, Dale lleva un sombrero de vaquero y una pistola en la mano. Los padres de Dale eran lobbistas en Washington y más adelante, en la Casa Blanca, hicieron campaña a favor de la guerra de Vietnam. Enviaron a Dale a una escuela militar, su futuro estaba decidido. Sin embargo, quiso el destino que el azar se cruzara en su camino en forma de un suceso fortuito que terminó haciendo de él un beatnik con melena en lugar de un veterano de Vietnam anegado por las pesadillas de la selva. Una llamada a un servicio de pizzas a domicilio hecha desde el cuartel junto a un par de amigos –algo estrictamente prohibido– se saldó con su degradación y la consecuente prohibición de luchar por su país.

A John Maloney, en cambio, no hubo llamada que lo librara de su destino. Hoy sigue allí, en su taller de Lafayette, a unas 15 millas al este del jardín de Terry Helbush en Berkeley. El taller se llama Valhalla porque en él se reparan Porsches desde hace cuarenta años y a alguien le pareció que «Valhalla» sonaba lo suficientemente germano. Maloney sobrevivió a Vietnam. A su regreso a principios de los 70, se aferró a los coches, también a un Porsche de color verde construido en el año 1977 y que un día pertenecería a Dale Miller. «Aquel verde… imposible olvidarlo», recuerda Maloney. En cambio lo otro sí: «Dejemos la guerra a un lado». Después me habla de Paul Newman, a quien una vez vendió un Porsche, uno apto para la competición.

Dale Miller nunca llegó a saber que Maloney, el veterano de Vietnam, había reparado su Porsche en los años 70 y 80 cuando el automóvil aún pertenecía a un médico del norte de California. Un médico al que la muerte sorprendió temprano, a pesar del footing. En aquella época Miller componía música y conducía un taxi en San Francisco. Era un joven de vida bohemia que aún tendría que esperar algunos años hasta que la clase pudiente de los años 70 se deshiciera de sus viejos Porsches.

«Entonces las cosas no eran como ahora», explica Terry Helbush. Entonces aún no tenía un jardín, ni una casa en Berkeley, ni un Porsche de color verde. Entonces era una abogada que trabajaba ayudando a gente que veía su salvación en Estados Unidos. Eran refugiados procedentes de Irán, Afganistán y El Salvador. Les procuraba permisos de residencia y lograba que Estados Unidos les diera la oportunidad de dejar atrás la muerte, las revoluciones y la guerra en sus países de origen. No hacía mucho, Terry había estado en el festival de Altamont, aquel en el que tocaron los Rolling Stones.

Los años 60 y 70 fueron eternos, pero en 1998, cuando Dale adquirió el deportivo verde, definitivamente habían llegado a su fin. También para Terry. Seguía trabajando obteniendo permisos de residencia para Estados Unidos, pero ahora eran otra clase de personas a las que allanaba el camino. Y recibía buenos honorarios por ello. Ahora trabajaba para Silicon Valley consiguiendo la ciudadanía a programadores indios. Y cuando iba al Valley, solía hacerlo en el Porsche porque al jefe de la empresa de software que trabajaba para Google le encantaba montarse en el 911 verde y Terry le complacía ofreciéndole el asiento del copiloto cuando iban a comer juntos. El hombre incluso se sabía la matrícula de memoria.

Dale también había comprendido que había llegado un tiempo nuevo y ahora llevaba el Porsche a reparar a Hi-Tec Auto, un buen taller de San Rafael, en el acaudalado condado de Marín, al otro lado del famoso Golden Gate. A diferencia de los antiguos clientes del taller Valhalla de Maloney, Dale no quería participar en ninguna carrera con el coche. Él quería que el catalizador funcionara, que el aire acondicionado no contaminara la atmósfera y que el coche no perdiera aceite. En fin, que su Porsche no fuera malo para Berkeley, una localidad donde los productos ecológicos y de la región se sentían como en casa. Igual que él.

En esa pequeña ciudad universitaria cada viernes por la noche él y su mujer iban a cenar a «Chez Panisse». Lo hacían a pie, dejando el Porsche en casa para ir a ese restaurante propiedad de Alice Waters, la pionera de la llamada California cuisine, una gastronomía saludable, de calidad y moderna. Mientras otras personas tenían que reservar con meses de antelación, ellos siempre conseguían mesa en el pequeño local de la avenida de Shattuck. Aún hoy, Terry no tiene más que llamar para que esa misma noche le pongan una mesa.

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Ahora el 911 SC pertenece a Jochen Arntz y aparca en un garaje de Múnich

Ahora, sentada junto a una mesita con la espalda erguida, recuerda cómo pasaron los últimos años, esos años en los que ella aún trabajaba en el centro de San Francisco. En algunas ocasiones, cuando iba en Porsche a la oficina, salía temprano de casa. A veces la guitarra de Dale aún estaba guardada delante en el maletero. Sabía perfectamente cómo meter en el reducido espacio del automóvil todos sus artefactos, guitarra y amplificadores. Era justo lo que él quería: un viejo 911, para él el coche por antonomasia. Y un hombre como él también guiaba a excursionistas por las colinas de Berkeley, mostrando las sendas, las vistas y los bosques más bellos. Escuchaba a Dylan… ¿todos los días? Sí, todos los días. Quería abarcar mucho, de hecho, uno de sus últimos CD se llamaba Both of Me y en él hace un dúo consigo mismo, grabando por un lado una pista con su guitarra de madera, otra con la de acero y uniéndolas después. Para entonces, Terry ganaba mucho dinero y hacía campaña a favor de Barack Obama. Both of her.

Al otro lado del puente, en el condado de Marín, una zona habitada por gente con un patrimonio casi incalculable y donde también continúan viviendo muchos hippies, en el patio interior de un pequeño café está sentado, bajo un árbol, Teja Gerken. Me cuenta que esa noche se va a subir a un escenario cercano con su guitarra para dar un concierto benéfico. Gerken es una buena persona, es el autor del obituario de Dale Miller y quien organizó el concierto homenaje. También habló en el funeral celebrado en Berkeley. A Gerken, nacido en 1970 en la ciudad alemana de Essen, no le quedó más remedio que acabar en California. Aunque probablemente nunca hubiera imaginado que se haría amigo de un tipo con un Porsche.

El padre de Gerken, un psicoanalista, siempre quiso irse de Alemania. En los años 70 ya estuvo viviendo con su hijo en alguna que otra comuna de Estados Unidos. Cuando a mediados de los 80 explotó Chernóbil, se mudó a California, a Mendocino, con Teja. En algún momento, en San Francisco, Dale se cruzaría en el camino del hijo. «Cuando le conocí, pensé: ¡guau! La mayoría de los guitarristas de blues no tienen un Porsche, no llevan zapatos italianos y no tienen debilidad por los sombreros peculiares». A Teja le cayó bien. De niño había hecho un viaje por México con su padre, el psicoanalista. Cuando Dale decidió hacer el viaje al desierto mexicano, Teja le ayudó a conseguir en Alemania un portaequipajes trasero para el deportivo. Porque Teja hablaba alemán. Después, Dale partió con Terry, las guitarras, el equipaje y un sombrero de color claro rumbo al sur. Para entonces Teja ya había versionado una antigua y bella canción de Dale en su CD Noe Valley Sunday. Así era la vida en California.

En mi último día en Berkeley Terry me preguntó si me gustaría ayudarla a ordenar el trastero. Podía ser interesante. Allí, entre los bajos muros de los cimientos de la gran casa, estaba la historia de Dale, muchos discos en sus fundas originales, montañas de CD, instrucciones para reparar el Porsche y una camiseta infantil de los años 50 con la frase «Si tuviera edad para votar, votaría a Johnson» inscrita. Era el tipo de cosas que les hacían llevar a los hijos de los Miller en Washington. También encontramos un pequeño manual en el que Dale explica a otros guitarristas cómo tocar bien las cuerdas de una guitarra, cómo arrancarles ese tono que sus fans describirían como «warm and coaxing», es decir, cálido y cautivador. Fingers Don’t Fail Me Now, Los dedos no me dejan colgado ahora, fue el nombre de uno de sus primeros discos. También está en el trastero, junto con los adornos de Navidad. Terry quiere conservarlo todo

De vuelta a Múnich, por la noche bajo al garaje. Plantado frente al Porsche, lo observo bajo la luz mortecina. Ahora sé qué arañazo de la pintura verde se hizo en México y qué abolladura es del contenedor de basura de la entrada de Berkeley. Veo los tornillos que un día apretó un veterano de Vietnam, el asiento del acompañante en el que se sentaba un programador de Silicon Valley, la radio con la que el hijo de un asesor del presidente de los Estados Unidos escuchaba a Bob Dylan. Veo las décadas, los momentos, y siento que he cometido un error. «El volante», me digo.

La primera vez que tuve el deportivo verde de Dale Miller ante mis ojos, en un pueblo de Baviera, no tenía ni la más remota idea de a quién había pertenecido ni de dónde venía. Pero sabía que no me gustaba el volante. No era el original y, además, era muy pequeño. Dale lo había hecho instalar porque era fácil de agarrar, algo que él valoraba. Yo, sin embargo, le pedí a Matthias Pinske, el vendedor de coches clásicos, que lo cambiara por uno original. Dicho y hecho: Pinske vendió el volante de Dale Miller a otro cliente. El volante de un guitarrista de California, un fingerpicker. Pinske no recuerda a quién.

Así que algún desconocido viaja hoy por Alemania a bordo de otro Porsche antiguo con el volante de Dale Miller. Cogerá bien las curvas, las sinuosas curvas, también de la vida. Y así se perpetuará la historia. A Dale Miller le gustaría: Fingers Don’t Fail Me Now.

Reproducción del texto publicado en la revista del Süddeutsche Zeitung, 2014

Texto Jochen Arntz
Fotografía Fritz Beck