Porsche Mirada a lo invisible

Mirada a lo invisible

Estilo de vida
Tiempo de lectura: 7 min
11/15/2019

Desde 2017 Porsche está presente en Tel Aviv a la caza de talentos e ideas para la movilidad del futuro – junto a buscadores de startups como Sigalit Klimovsky.

Desde el piso 34 la mirada se desliza por encima de las torres de oficinas, pasando por casitas de la época fundacional y cubiertas planas estilo Bauhaus hasta sumergirse en el Mediterráneo. Las torres gemelas forradas de espejos son como nidos de águilas desde donde se domina la innovación en materia de conducción autónoma. Allí, el equipo de la startup TriEye trabaja con tesón en una cámara que puede ver detrás de los límites de lo invisible, con lo que resolverá uno de los grandes retos de la movilidad. TriEye fue fundada en la Hebrew University. Su departamento de nanotecnología se considera uno de los mejores del mundo.

Pero volvamos al piso 34. Sin apenas maquillaje y vestida con tejanos y una blusa informal, Sigalit Klimovsky nos muestra la maqueta de un coche. Desde hace cuatro años se dedica, junto con su socio Dov Moran, el inventor del lápiz de memoria USB, a invertir en tecnología profunda, es decir, en empresas que apuestan más por la ruptura tecnológica que por un cambio puramente económico. Para el fondo de capital de riesgo Grove Ventures, Klimovsky ayuda a nuevos empresarios a dar sus primeros pasos.

Delante de un coche de juguete Klimovsky, de 47 años, sostiene un pedazo de cristal blanquecino con el que pretende simular una niebla espesa. En condiciones similares, el ojo del conductor se encuentra indefenso. Pero el sensor de infrarrojos de onda corta de la minúscula cámara instalada en el coche transmite una imagen clara: el sistema también permite ver en situaciones de mala visibilidad. Estos sensores son tan caros que solo tienen un uso militar, aeroespacial o en el ámbito médico. Hoy, TriEye los produce con un coste mínimo.

«Grove ha asumido un riesgo inmenso con la inversión en TriEye, pero hemos demostrado que nuestra tecnología funciona», dice Ziv Livne, el joven sentado junto a Klimovsky. Actualmente es responsable del desarrollo comercial de la startup, pero antes había pertenecido al equipo de Grove Ventures. Para Klimovsky, es «un claro ejemplo del ambiente familiar que reina en Tel Aviv». Muchas cosas suceden a través de recomendaciones personales.

«Como ecosistema, Israel es enormemente atractivo», afirma Klimovsky. Según ella, existen suficientes talentos, aceleradores e incubadoras de empresas, pero también hay un gobierno que apuesta por la investigación. Además, proliferan historias de éxito que todo el mundo quiere imitar, como la startup Mobileye, de Jerusalén, adquirida por la empresa estadounidense Intel en 2017 por 15.300 millones de dólares. Solo en la primera mitad de 2019, en Israel se cerraron 66 ventas de empresas por un importe récord de 14.840 millones de dólares.

En el país hay 6.500 empresas de alta tecnología, a las que se suman cada año entre 1.200 y 1.500 startups nuevas; 530 multinacionales se han establecido allí, entre ellas Facebook, Apple, Google y Amazon. El papel de Tel Aviv es fundamental, ya que en ningún otro lugar del mundo se concentran tantas startups en tan poco espacio. Hay más de 4.000 empresas de nueva creación para apenas medio millón de habitantes. Es una ciudad de extremos: extremadamente animada y joven. Sus habitantes disfrutan de cada minuto que pasan en la ciudad, y esta mentalidad se contagia a la escena de las startups. Pero para experimentar mucho también hay que lograr muchas cosas.

En 2017, Porsche abrió un Digital Lab en Tel Aviv con el objetivo de encontrar talento y tecnología de futuro. «Porsche Digital es inversor en el fondo de Grove y socio estratégico. Así, buscamos juntos innovaciones e intercambiamos nuestros conocimientos en relación con el ecosistema y las necesidades del sector», explica Klimovsky. Para ella, el reto está en ir más allá del choque de culturas empresariales –una escena emprendedora extremadamente dinámica y ágil, frente a un experimentado fabricante de automóviles deportivos de alcance internacional–, y en este desafío reside el beneficio: «Se trata de encontrar el ritmo adecuado para los dos».

En Israel hay 6.500 empresas de alta tecnología. Cada año aparecen entre 1.200 y 1.500 startups nuevas.

A lo largo de su carrera, Sigalit Klimovsky ha conocido distintas formas de cultura empresarial. Trabajó cinco años en Australia. Con su afición por la técnica y su experiencia internacional, se siente igual de cómoda entre fundadores de nuevas empresas tecnológicas que entre directivos. Le gusta reunirse con sus colegas de Porsche Digital y emprendedores prometedores en la central de Grove Ventures del norte de Tel Aviv o en el pequeño despacho de la ciudad, no muy lejos de la torre donde TriEye tiene su sede. El lujoso espacio de co-working se llama Labs TLV. Cuando el ascensor baja a toda velocidad, un tucán proyectado sobre una pantalla gigante lo acompaña en el descenso.

Sensor de imágenes de la cámara TriEye: la startup debe su ventaja competitiva a este chip.

Frente a la puerta, en cambio, a primera vista el panorama es más sosegado. Pequeñas casas rústicas llaman la atención entre las cubiertas planas. Al fondo, la azotea coronada de antenas situada junto al helipuerto, la torre del Ministerio de Defensa, nos recuerda que el know-how y el espíritu emprendedor no solo se deben a las excelentes universidades. Quizá en ningún otro país del mundo ejército, investigación e industria reúnan talentos y tecnologías con tan buenos resultados como en Israel. Sin embargo, quien vea en ello un trato de apoyo al orden estatal existente por parte de las startups, se equivoca. «Tenemos poco respeto por las jerarquías y la autoridad», asegura Klimovsky. «Quien plantea una pregunta, tiene que contar con recibir otra pregunta por respuesta. Algunos lo llaman chutzpah, el arte judío de la frescura. Otros dirían que nos gusta provocarnos mutuamente».

Posiblemente las jerarquías planas se expliquen gracias al espíritu de los años fundacionales del Estado de Israel, cuando los pioneros aún no se dedicaban a fabricar semiconductores, sino que drenaban ciénagas y las hacían cultivables, compartiendo sus pertenencias en el kibutz y comiendo juntos en el refectorio comunitario.

Hace tiempo que la mayoría de los asentamientos colectivos se han privatizado, pero la nostalgia aflora cuando Klimovsky decide ir a almorzar al Chadar Ha’Ochel. Este restaurante evoca el ambiente de los austeros comedores de los kibutzim, aunque un camarero te traiga a la mesa el kebab de pescado y una ensalada exótica. El Chadar Ha’Ochel se encuentra al lado del Museo de Arte de Tel Aviv, cuyo nuevo edificio, con sus repliegues geométricos, recuerda una pieza de origami. Un buen lugar para mirar al futuro.

Tel Aviv tiene «chutzpah»

Klimovsky cree que «los servicios digitales y la personalización marcarán el camino hacia las nuevas transformaciones en cuanto se cumplan las promesas de los vehículos eléctricos y la conducción autónoma. Espero que esta tendencia actual de implementación de la inteligencia artificial en el sector del automóvil crezca aún mucho más intensamente». Conocer las necesidades y los hábitos de los pasajeros «ayudará a desarrollar nuevos modelos de negocio a la medida de cada segmento de clientes», profetiza Klimovsky. «Todo es posible – los nuevos modelos de negocio pueden orientarse hacia las compras, el entretenimiento, el trabajo, la salud etc.».

Pero, de momento, Sigalit Klimovsky se va a recoger a su hijo de ocho años a la escuela y se despide de nosotros en dirección al bulevar Rothschild. En la principal arteria de Tel Aviv se puede observar un fenómeno actual de la economía colaborativa: por sus aceras, hipsters y hombres de negocios compiten entre sí bajo las acacias rojas. Israel es capaz de ofrecer soluciones indispensables cuando se trata de la digitalización de automóviles, pero por sus calles circula otro medio de transporte que, de momento, está ganando la partida: el ligero y manejable patinete eléctrico.