Menú
Modelos
Menú
Porsche - La velocidad no lo es todo

La velocidad no lo es todo

Se hizo famoso en un autobús. Personalmente le gustan los Porsches y las motos. Keanu Reeves fue siempre algo así como el antihéroe de Hollywood. Acerca de una estrella que no quiere renunciar a la estética.

Por lo que respecta a este tema, Keanu Reeves es una persona fiel. Y ello a pesar de que, en realidad, podría tener cuantos quisiera, incluso una flota entera con todos y cada uno de los deportivos más potentes del mundo. En su caso, el dinero no es un problema. De hecho, solo la recaudación de las tres entregas de «Matrix», con él como protagonista, superó los 1.700 millones de dólares.

Pero su corazón pertenece a Porsche, o para ser más precisos, al 911. Tiene un Carrera 4S negro con capota solar y cambio manual, dos detalles de gran importancia para Reeves. La misma que le da a lo que él llama la «estética de conducir»: «No solo me lo paso en grande haciendo curvas y giros con él», indica, «es que, además, es un coche rapidísimo y eficiente. Con los años he desarrollado una relación muy especial con el 911». Y es esa relación tan estrecha la que hace que solo tenga ese coche.

O sea, que en ese sentido Reeves es monógamo. Una cualidad más bien escasa en un mundo, el de las estrellas de Hollywood, en el que tener un solo coche es tan poco frecuente como trabajar con el mismo representante toda tu carrera o serle fiel a tu pareja toda la vida.

Pero ¿de dónde le viene a Reeves su amor por Porsche? Nacido en Beirut en 1964, el pequeño Keanu creció en tres continentes distintos y vivió en lugares como Sídney, Nueva York y Toronto. De niño le gustaba jugar con coches de juguete y sus favoritos eran un John Player I negro con las molduras doradas, un Porsche 911 Turbo gris y un Ferrari 512 Berlinetta rojo. En cuanto a coches de verdad, se le han quedado grabados en la memoria un Citroën de los años 70 y el Mercedes-Benz 450 SL de su abuela. Pero la palma se la lleva el 911 Targa que conducía el compañero sentimental de esta.

Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, su primera respuesta era físico nuclear. En segundo lugar, seducido por las retransmisiones de automovilismo, quería ser piloto de carreras. Le fascinaban las formas de los coches y cómo rugían. Además, en aquella época su hermana mantenía un romance con un piloto, y en más de una ocasión Reeves tuvo la oportunidad de acompañarles en sus rápidos viajes por el sur de Francia. Por último, el tercer oficio de la lista era, efectivamente, el de actor.

[+]

Con cuatro o dos ruedas, lo que cuenta para Keanu Reeves es que sea un vehículo personalizado.

Contaba 17 años cuando compró su primer coche. Era un Volvo 122 del mismo color verde que lucían los automóviles de carreras británicos y que él solía llamar el «regordete» porque los asientos estaban tan desencajados que tenía que sujetarlos con ladrillos. Aún así, en 1985 el coche superó el viaje de Toronto a Los Ángeles. Luego descubrió la pasión por las motos. El sonido, la rapidez y el placer de conducirlas le sedujeron. Aún conserva su favorita, una Norton Commando del 73 que compró en 1987.

Eran los años en que la carrera de Keanu Reeves como actor comenzaba a despegar: del cine independiente dio el salto a comedias para adolescentes y, de ahí, a la famosa «My Own Private Idaho», con River Phoenix. Después vendrían «Point Break» y «Speed», dos exitazos de taquilla que le catapultaron a la fama internacional. En «Speed», Reeves interpreta a un policía experto en desactivación de bombas que se ve atrapado en un autobús de pasajeros conducido por Sandra Bullock que lleva a bordo una bomba programada para explotar si la velocidad se reduce a menos de 50 millas por hora.

Tal era su pasión por las motos que, en aquella época, cada vez que se desplazaba a algún lugar para rodar una película se compraba una y la volvía a vender al finalizar el rodaje. A lo largo de los años, varios accidentes de tráfico le fueron enseñando los límites físicos de los vehículos con dos ruedas y los propios, aunque no le apartaron de la senda del motor. Pero tras «Point Break» y «Speed» se sintió dispuesto para pasarse a un vehículo de cuatro ruedas. Y puesto que ya había tenido algunas experiencias previas con Porsche, decidió que el 911 era el coche perfecto para él.

El elegido fue, concretamente, un 911 Carrera 4S (serie 993) de color negro, naturalmente con techo corredizo y cambio manual. A Reeves le fascinaban el sonido de su tubo de escape y el inigualable placer al volante. «Aprovechaba cualquier pretexto para conducir por la Pacific Coast Highway y las carreteras del Gran Cañón». Después siguieron los entrenamientos en la Porsche Driving Experience y demás cursos para conductores avezados y, en 2009, el triunfo en la Carrera de los Famosos del Gran Premio Toyota de Long Beach. Sin embargo, poco después, para su desgracia, le robarían su 911 durante el rodaje de una película.

El «trineo», como solía denominar Reeves su malogrado 911 por su elegancia y su rapidez, fue uno de los últimos modelos refrigerados por aire. «Probablemente ese fue el motivo por el que me lo robaron», sospecha. Tras guardarle luto durante un tiempo, Reeves volvía a estar preparado para un nuevo 911, pero no se conformaba con uno cualquiera. Quería que, estéticamente, fuera exactamente igual que el anterior y, además, añadirle un par de extras. Así que se dirigió al Centro de Asesoramiento de Porsche en Beverly Hills para informarse sobre cómo configurar el 911 de acuerdo con su propio estilo. ¿Revestimiento interior en negro anodizado? Mmm. Después de consultarlo con Alemania: de acuerdo. ¿Marca de centrado en el volante? Nueva consulta con los germanos y de nuevo un sí.

En paralelo a sus negociaciones con Porsche, Reeves intentaba conseguir que le hicieran una Harley-Davidson también a su gusto. Y así fue como, buscando un asiento a medida, se cruzó con Gard Hollinger, un especialista en personalización de motocicletas de la zona de Los Ángeles que, alegando que tunear la Harley no era su estilo, le dio un «no» por respuesta. Tanta sinceridad impresionó a Reeves. Al fin y al cabo, ¿cuántas personas del sur de California se atreverían a decirle que no a una estrella de cine que viene con una tarjeta de crédito en la mano? Ambos se entendieron bien, y pronto tuvieron la idea de construir juntos una motocicleta nueva. Fiel a sí mismo, Reeves usó como inspiración el 911 y decidió que la moto habría de ser la interpretación moderna de un legado tecnológico, un vehículo apto tanto para el día a día como para devorar kilómetros a toda pastilla.

Y así fue como ambos terminaron fundando la Arch Motorcycle Company, y su idea inicial se materializó en la KRGT-1, una moto que Hollinger construyó mientras Reeves se encontraba con su nuevo 911 rodando una nueva película de acción, «John Wick». La suspensión, el comportamiento en carretera, la ergonomía… todo ello se hizo de acuerdo con los deseos de Reeves. La creación bien mercería una denominación aparte como, por ejemplo, «Performance Cruiser» o «Sport Cruiser». Pero aunque la KRGT-1 es una moto excepcional, la idea es que no se quede en una excepción. Tanto es así, que Hollinger está preparado para construir hasta cien al año bajo demanda.

El actor está entusiasmado con el resultado. Igual que los automóviles de Porsche, la KRGT-1 también debía ser «lo más fácil de llevar posible». Sus creadores, además, le han querido conferir el mismo carácter intemporal que caracteriza a la casa germana. «Al igual que los deportivos de Zuffenhausen, la KRGT-1 tiene una belleza incomparable y un rendimiento extraordinario», afirma Reeves. No hay duda de quién es su máximo referente en el mundo del motor.

Texto Lawrence Dietz
Fotografía Axel Köster